martes, 14 de marzo de 2017

LA NENA

No es cualquier nena “La Nena”. Se imagina especial y negada a ser escrita por cualquiera. Se precia de tener todas las edades: de anciana quiere le sea descrito el carácter de la experiencia prematura que presiente el mal tiempo o las desgracias o los embarazos de mujeres tontas; de adulta que le pongan una sagacidad propia para resolverse por sí misma, para hacer las compras sin que la roben los dependientes en el peso, tener un romance otoñal con el ascensorista del edificio, complacer al amante con algún canto (se aprecia en el canto de moda: no en el “bel canto”) o con esos masajes en la espalda que llaman a despertar primaveras o simplemente matándole de risa con un chiste; de adolescente esa vivacidad y rapidez mental casi adivinatorias que permiten encontrar el trébol de cuatro hojas o cualquier otra capicúa para preconizar una aventura sobrenatural frente al mar con amigos, guitarras y fogatas temblorosas; la inocencia amorosa de una niña que llora sólo de ver que un manjar para resucitar pasiones culinarias se le quema a mamá porque se quedó hablando con las vecinas cuando ella se lo advirtió mil veces con señas, aunque prefiere ser la eterna adolescente a la que el mundo no le importa.

Ha ganado el escape cuando velaba la soledad de muchos y la atrapaban embelesada viendo sus esfuerzos mentales. La sorprendió y encerró en un trozo de papel Flaubert; colocó algunos trazados de sus características entre las páginas de una Biblia (habrase visto), durante la convalecencia de un mal de amores y casi la atrapa en sus pensamientos para siempre porque la ideó con genialidad. Sintió temor cuando la iba a incluir en no sé qué idea para un relato algo  breve, viéndose cargada del descalabrado destino con que revestía a sus víctimas literarias. Por fortuna no encontró aquel volumen religioso, debido a que tenía la costumbre de ocultar cosas importantes en sitios insignificantes y viceversa, para ganarle batallas al olvido, aunque siempre terminaba vencido por la improvisación.

En una de sus borracheras, por un instante, aquel escritor creado por Charles Bukowski para una de sus historias de bares de malandros, casi la deja maltratada en las líneas de una vida miserable de Manhattan: sólo eso iba a escribirle a su trascendencia y tal vez moriría sin destino cierto en esas manos hinchadas de alcohol. Huyó debido al sueño y el olvido de aquel ser despedazado. Del susto, por un tiempo rondó ambientes de manglares donde los insectos son eternos. Luego volvió a las suyas.

Quiere que le metaforicen todos los vestidos posibles en una vida traviesa pero feliz. ¿Protagonista? No lo sabe aún, no lo trae mucho a sus deseos; a veces le parece demasiada responsabilidad. ¿Y si le pasa como al Quijote? “Ese viejo no duerme de tanto acoso referencial”: se cree diciendo en un vuelo de aves; “Hasta los académicos aún le dedican recuerdo”. Hace resonar el rotundo “No” escondido en una campana eclesial.


Tampoco de contrafigura: ésa que tal vez sea la pérfida que busca separar infructuosamente a los novios favoritos del Liceo o la que transcurre durante una larga historia intentando envenenar a alguien. ¡Ridículo! Prefiere ser muy bien descrita, así sea sólo en la hoja de una buena novela, como la muchacha que observa la tristeza del protagonista que marcha en un tren sin saber que lo persiguen nostalgias futuras, a lo mejor vestida de blanco, con mirada perdida o como la que cerró la ventana de su ánimo al mentir a mamá para no ir a la escuela. También se piensa olvidada aunque inmortal.



Del libro inédito LIMBIC@S: Buscan contextos para llegar a ser textos. 

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